Un agradecimiento desde la calle y el corazón
Por qué nace este artículo
Esto no es una publicación habitual. No busca entretener, ni hacer llorar.
Es simplemente mi agradecimiento.
Una mirada atrás a una etapa muy difícil de mi vida que, sin la ayuda de otros, probablemente no habría superado. Y deseo que este mensaje llegue a quienes, en aquel momento, fueron una luz en la oscuridad.
Cuando sólo quedaba un banco y el silencio
Una vez más, y no por primera vez en los últimos años, llegué al norte de España.
A la ciudad de Laredo.
Una ciudad con un ambiente normalmente agradable, pero que para mí se convirtió en una isla desierta. La marea de pensamientos era más fuerte que el mar frente a mí. A raíz de una lesión reciente en la pierna, perdí el trabajo; tras año y medio de baja, me quedé sin dinero, sin techo y sin comida.
Dormir entre los arbustos a las afueras de la ciudad, entre mosquitos y hojas húmedas, se volvió rutina.
Durante el día deambulaba entre Laredo y Colindres. De ida y vuelta. Sin motivo. Sólo para matar el tiempo. Para no quedarme demasiado rato en un mismo sitio.
Porque si uno permanece más de media hora en una esquina, ya resulta sospechoso. Muchas veces me paraba la policía:
“¿Qué hace aquí?
¿Tiene documentación?”
Y yo, nada. Sólo las manos en los bolsillos y una bolsa con restos de pan.
Lidl: donde la esperanza se agota
Recuerdo sentarme cerca del Lidl. Discretamente, apartado. Pedir nunca se me dio bien. A veces pedía unas monedas, a veces sólo guardaba silencio. La gente me miraba como si no existiera. Aunque alguien dejaba una moneda, o un trozo de pan. Pero la mayoría de las veces, nada. Hasta que llegó el guardia de seguridad:
“Aquí no puede estar. Váyase.”
Y me fui.
A los arbustos detrás de Colindres. Donde nadie me veía. Donde sabía que no escucharía palabras de rechazo. Sólo el susurro de los árboles y, a veces, el grito de una gaviota.
El paso que más dolió: pedir ayuda
Estaba en el límite.
Más que nunca. Y entonces me armé de valor. Llamé a la puerta de Cáritas. No porque creyera que lo merecía, sino porque ya no tenía otra opción.
Me abrió Francisco.
Lo recuerdo perfectamente. Su mirada tranquila, su voz amable. Sin juicios, sin sospechas. Sólo: “Pase.” Tal vez esas fueron las dos palabras más poderosas que escuché en mi vida.
Me consiguieron alojamiento con unas monjas. Una habitación sencilla, una manta, una ducha. Me dieron comida, ropa nueva, algo de dinero. Pero sobre todo, un billete de avión a casa. A Praga. A ese hogar que años atrás había dejado como un náufrago.
España versus la realidad checa
¿Sabes qué es lo más triste?
Que en España me ayudaron personas desconocidas, sin preguntas ni papeleos.
Y cuando años antes intenté pedir ayuda en organizaciones benéficas checas, casi siempre me encontré con trabas.
Formularios, normas, falta de voluntad. “Usted no está registrado. Aquí no le corresponde ayuda.”
La caridad española me ofreció una oportunidad, no un juicio. Vieron a un ser humano, no a un expediente. Allí sí se viven los valores de la solidaridad.
Y lo escribo porque lo merecen.
Porque no son ángeles, sino personas comunes que actúan mejor que muchos creyentes en las iglesias.
Un nuevo comienzo
En Praga no fue fácil.
Pero tenía un punto de partida. Tenía con qué pagar una cama. Tenía dónde ir. Poco a poco encontré trabajo, un lugar donde vivir, y empecé a reintegrarme entre la gente. Sin esos primeros días, y sin aquellos que me ayudaron entonces, probablemente hoy no estaría aquí.
Gracias
Gracias a ti Francisco, a César y a los demás, hoy no estoy perdido.
Trabajo. Tengo un hogar. Vivo.
Y nunca lo olvidaré.
Gracias a todos los que me tendieron la mano. En Laredo, en Praga, y en otros lugares.
Vuestra ayuda no fue en vano.
🙏 Gracias por darme una segunda oportunidad. Y por haber podido aprovecharla.

Josef